“DIOS SIGUE HABLANDO AL CORAZÓN,
SIGUE CAMINANDO CON NOSOTROS”
Este es el resumen que me queda de esta Misión, aquí en Ponferrada. Desde el impulso, cercanía, cariño y dedicación de los misioneros, desde la acogida, apertura y el compartir con sencillez en las asambleas, desde la vida, ilusión y alegría de los jóvenes, las celebraciones y un sin fin de acontecimientos, de nuevo han constatado que Dios está, continua hablando a nuestro corazón, sigue caminado a nuestro lado, sigue invitándonos a que este camino lo hagamos los dos personalmente, pero unidos a una comunidad, como los primeros discípulos, que eran capaces de sostenerse los unos a los otro en ese camino de fidelidad, porque realmente lo que les unía era Jesús y esa era su fuerza.
Dios en este tiempo ha sembrado en todos una pequeña semilla, diría mejor, que ya la sembró antes, pero en este tiempo, quizá nos lo ha hecho ver de otra manera. Ahora nos toca, no dejar que esa semilla se pierda, se la coman las aves o se sequen porque no la cuidamos y regamos. Nos queda este compromiso. Dios ha pasado por nuestra vida en este tiempo, de una manera diferente, haciéndonos más conscientes de ello. Aprovechemos lo que Él nos está ofreciendo, para tener una relación diferente, más personal, más cercana, más íntima, porque sólo desde ahí, descubriremos el sueño que tiene para cada un@, lo que de verdad nos puede hacer feliz.
Quiero terminar dando gracias a Dios, primero por Él, por su fidelidad, por su presencia y ausencia que nos hace salir de nosotros y estar en búsqueda. También gracias Señor por los Misioneros, los Hermanos y Laicos Redentoristas, que han sido impulso y ánimo en este tiempo. Y por todos los que han participado de la Misión, desde la gente sencilla de las asambleas, que nos han abierto su casa y corazón y por todos los Jóvenes, que también me hablan con sus vidas de deseos, ilusión, ganas de vivir de otra forma y como no gracias, por D. Camilo y los Sacerdotes que nos han brindado esta experiencia, con el deseo de renovar e impulsar nuestra Iglesia.
Hna. Paqui Godoy n.s.c.

¡¡¡ABRAMOS LAS PUERTAS!!!
¡MERECE LA PENA!
"Como la lluvia y la nieve descienden del cielo
y no vuelven allá sin empapar la tierra,
sin fecundarla y hacerla germinar
para que dé sementera al sembrador y pan para comer,
así la palabra que sale de mi boca no vuelve a mí sin resultado,
sin haber hecho lo que yo quería y haber llevado a cabo su misión".
(Is 55)
La tierra de mi vida permanecía adormecida, quizá resquebrajada y agrietada en medio de sentimientos difusos y confusos, desilusiones forjadas en proyectos pastorales que nunca salieron a la luz, en objetivos que no eran más que palabras que perdían su fuerza entre los muchos quehaceres de la vida.
En unas circunstancias concretas, cada cual en el momento que Dios le da, aparece un anuncio, para unos sugerente, y para otros no tanto. El Centenario de la Coronación de Nuestra Patrona, la Virgen de la Encina, nos convocaba a participar activamente en una Misión en la que debíamos preparar el corazón para acoger y vivir más intensamente nuestra identidad cristiana, que da sentido a nuestro gran amor a María, Virgen y Madre.
Llegó el momento de sentarnos y compartir la misma mesa, en la casa de todos, que es la Iglesia. Durante dos semanas éramos nosotros los que, ofreciendo nuestra pequeña aportación, debíamos hacer de nuestros días y de nuestros encuentros una comida fraterna, donde el Señor era el invitado excepcional, y el resto, conocidos o desconocidos, los invitados que bebíamos de la misma Copa y comíamos un mismo Pan. Un mismo alimento nos mantenía unidos, al igual que un mismo tema de conversación, la Palabra, su Palabra. Como a un banquete de bodas, todos estábamos invitados, y sólo dependía de cada uno aceptar o rechazar la invitación.
Con la presencia de nuestros hermanos Misioneros llegó el momento de “abrir puertas”… Abrir las puertas de nuestras casas, de nuestros hogares, abrirnos a nuestros vecinos, a los misioneros, a los sacerdotes, abrir las puertas a los miembros de nuestras Parroquias, a los hermanos del mismo Arciprestazgo, a la sencillez de la vida, al encuentro desde el diálogo, abrir las puertas a nuevos proyectos que nos entusiasmen para dar vida a nuestra Iglesia,…
En definitiva, abrir las puertas a Cristo, que pasa por nuestra vida y por nuestra historia, que nos busca y quiere que nos encontremos con Él, y deja una huella de amor, de esperanza, de comunión, de vida, de su Vida,... Ahí el objetivo de vuestra Misión en Ponferrada y en cada lugar en el que acampáis vuestra tienda: “Abramos las puertas a Cristo”.
“Abrir puertas”… Y abristeis las puertas de la Iglesia de San Andrés. Allí estabais, con una mirada serena, con una sonrisa fácil, con una palabra y un corazón lleno de vida dispuesto a escuchar. Dado que las puertas estaban abiertas, allí quedamos, nos sentamos, dialogamos, compartimos,… Puertas abiertas… una actitud fundamental para poder compartir desde Cristo lo que somos y tenemos. Ahí el inicio de vuestra misión, y también el de la nuestra.
“San Andrés” suena a convocatoria, a llamada, a ilusiones, a semilla,… Nos vinculaba vuestra presencia, pero de manera especial nos vinculaba su Presencia. Al finalizar el día nos acercábamos a contemplar a Cristo Crucificado,… Acercarse, contemplarlo, sentir su presencia viva,… eso era suficiente. El Señor, desde su habitáculo tan sugerente de San Andrés, acompañaba cada uno de nuestros gestos, ilusiones y proyectos. Nosotros estábamos contentos de sentirlo tan cerca, y Él iba preparando nuestra tierra para ser más fuertes en Él.
Desde esa actitud de permanecer con las puertas abiertas del corazón, podría decir que comenzó un tiempo de gracia. Nuestras vidas, como una cesta, un cuenco, un cántaro, o como una vasija,… da igual el tamaño, y tampoco importa si el material es mimbre, plástico, oro o barro,... cada uno, como es ante Dios, estaba dispuesto a acoger, recibir, escuchar, mirar, sentir, expresarse,…
Mi tierra, como la de otros tantos, al recibir tanto bien, vuestra presencia y testimonio, se sintió “tocada”, como cuando se prepara para la siembra, que pasa el arado y todo queda renovado con la novedad y la frescura de la tierra removida desde su interior; tierra empapada por el agua fresca, por la lluvia de la Gracia, por una especie de “renovación del Bautismo”, tierra renovada interiormente,... tierra estremecida, que no queda indiferente, que espera un nuevo fruto, tras haber depositado Dios mismo una semilla. Me siento como una tierra nueva metida en una pequeña vasija de barro. El Alfarero la contempla, y se dispone a introducir unas semillas, semillas de vida, de Evangelio, de compromisos vivos y concretos.
Habrá que dejar reposar tantas experiencias con vosotros; habrá que levantarse con un corazón alentado por la Palabra del Señor para echar las redes de nuevo, en nombre de Cristo. Todo son proyectos todavía en el aire, pero que esperan unos cristianos coherentes y “profetas en su tierra”, que sepan dar forma y vida a encuentros que propicien, ante todo y sobre todo, la experiencia de Dios, pues sin ésta nada somos, nada tenemos, y a ningún sitio llegamos.
Vuestra presencia ha sido como ese abono que renueva nuestra tierra un tanto envejecida. Y ahora llega el momento de ponerse en camino. Es la hora de la Misión, de nuestra Misión. Dejemos que Cristo nos levante cada mañana, nos susurre, y nos anime a llevar la Buena Nueva sin cobardías; dejemos que Él haga vibrar nuestro corazón con entusiasmo. Ése es el único modo de dejarnos renovar por Él. Él es quien nos ha llamado y por quien hemos de dar razón de nuestra fe desde nuestras palabras y testimonio, actitudes y obras.
Revistámonos del Señor Jesús, de espíritu de humildad, comunión, diálogo, valentía, confianza, entusiasmo por el Señor, aportando lo que cada uno es y tiene. Caminemos hacia la Pascua desde la Luz de Cristo, en torno a la cual nuestras cintas se sintieron más Comunidad, más Iglesia, porque sabían de dónde venían, y hacia dónde estaban orientadas.
Estoy convencida de que esta Misión nos tiene que llevar a algo más, nos tiene que estimular, que lanzar al vacío con la confianza puesta en el Señor, sabiendo que ahí están otras manos, nuestros hermanos, cada uno desde su Parroquia, buscando al Señor de la Vida, buscando crecer en Cristo para edificar la Iglesia. No desfallezcamos, pues “llevamos este tesoro en vasijas de barro”.
Como no podía ser de otro modo, nuestra experiencia de San Andrés culminó con una oración, la Adoración de la Cruz. “Cristo Jesús es la única razón de nuestra presencia. Él nos ha convocado a la Misión, y ahora nos envía a proclamar el Evangelio, sin olvidar que lo que ofrecemos a los demás es sólo amor”. El Señor es el Centro, el Señor es nuestra Luz, el Señor está en su Cruz contemplándonos, alentándonos y sosteniéndonos. En torno a Él giraron estas dos semanas, y hoy queremos levantarnos de nuevo con energía renovada, ponernos en camino con la certeza de que Él nos acompaña, y ser para los demás un testimonio joven que ofrece otras alternativas, otros planteamientos y otras opciones de vida.
Elevo una sincera acción de gracias a Dios, porque me ha permitido un encuentro inolvidable con vosotros; y un “gracias” a vosotros, por vuestro testimonio en esta preciosa labor evangelizadora. Habéis sido un instrumento de Dios de ésos que dejan huella, de los que llevan a Cristo,… Consciente de que a partir de ahora lo que nos unirá en Cristo será la oración, le pido por todos y cada uno de vosotros, y por vuestra Misión, que desde hoy ya es también la nuestra.
Concluyo elevando una oración a Dios, tanto por vosotros, como por nuestra Diócesis: “Señor, no abandones la obra de tus manos”.
Que el Señor os bendiga y os acompañe hoy y siempre.
A. Berciano
