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Testimonio misionero

"¡CALLA Y SÍGUEME!"

(2 de Octubre de 2012)
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Hoy me hicieron una trapera encerrona: me pusieron a comer con un personaje muy “sobresaliente” y peculiar. Estábamos frente a frente. Ni él  sabía quién era yo ni yo quien era él. Nos mirábamos y nos estudiábamos. Él tenía  perilla muy bien cuidada, más que yo mi barba. Él lucía camisa de marca, Corte Inglés para arriba, y yo una gran marca de sudor en mi polo descolorido. También presumía él de su “cadenota” de oro al cuello. La muñeca izquierda igualmente “amueblada” con un reloj, sino de oro, sí dorado. Instintivamente, también yo saqué a relucir mi cruz misionera de bronce y cobre. ¡Toma ya!
Hasta que  alguien me llamo “padre” y ahí se acabó el misterio y el juego de pimpón. Él posó cuidadosamente el tenedor y el cuchillo, los demás comíamos “a mano”, y sin más alzó la voz, tratando de quedar por encima de mí:

  • Yo soy pastor.  Mi congregación tiene en México, con la x bien remarcada, ocho iglesias y en Argentina treinta. Y ahorita, vamos a fundar una docena más, en otros países africanos…

Y a mí se me atascó la gallinita criolla,  que me habían servido, más dura y vieja que el “alma Judas”. Salí de aquella encerrona lo antes que pude y me fui a visitar los enfermos del barrio, que es donde me encuentro a mis anchas. Y ahí, no más llegó la segunda del día:

  • Mire, padre, me indicaba Lesbia, que es la abuela que me acompaña en las visitas: Ese que va ahí, era tan pobre como yo. Iba caminando  y soleándose como yo. Pero se hizo pastor y se compró una bicicleta. Y como le fue bien, después se compró una moto y ahora va en ¡tremendo carrazo!

Moraleja al canto: métase pastor si quiere usted tener “carrazo” y sobresalir. ¡Ay si Aureo, mi padre, lo hubiera sabido…! Treinta años con las ovejas y sólo ganó para la bicicleta, y ésta sin frenos. Esa será, me temo, toda la herencia de los cuatro hermanos que somos. Pero sigamos con lo nuestro. Les digo, que ése del “tremendo carrazo”, pertenece a La Cosecha, que es donde acude un coche blindado a recoger la colecta después de su celebración de la Palabra. Me dicen que en esta iglesia, la colecta está muy motivada por los ayudantes del pastor:

  • ¡Que no suene, hermano, que no suene; nada de monedas…! ¡El color de Yahvé es el morado…! ¡Pon tus ahorros en el banco del Señor…!

¡Púchica, cómo se lo montan estos pastores! Uno tiene la tentación de pasarse al otro bando: camisas planchaditas, relojes caros, tremendos carrazos, billetes morados… Pero, bien mirado, ¿dónde voy a ir que me den más? ¿Dónde voy a ir que me regalen más camisetas y más calcetines que aquí? ¡Ah! también me han regalado una tabla, horrorosamente barnizada, con una inscripción que dice: “Con cariño para padre Arcenio. Viva la Mición” (por estas latitudes, las “eses” se pronuncian, pero no se escriben). Son regalos que no pasan de moda, ni de tres euros, pero que van cargados de agradecimiento. Así es que mejor me quedo donde estoy.
Y hablando de billetes y de colores, les aclaro que en esta bendita tierra, que es Honduras, el morado, el de quinientos, (equivalente al nuestro de cien euros), va a las arcas del pastor protestante. ¡Bien por él! Pero hay uno de color rojo, de un lempira (así como diez céntimos) que lleva por sobrenombre “el bendito” porque sólo aparece en las colectas de la Iglesia católica.
¡Qué rabia le dará al párroco católico y qué bien se lo pasará Dios con estas tonterías!
Bueno, ya vale. En lugar de maldecir a los pastores, que a veces se aprovechan de la gente humilde, voy a finalizar con aquel desafortunado “cara a cara” que tuvo Jesús con Pedro, cuando éste le llamó a parte y le soltó:

  • ¡Oye, Jesús mío! Que ya estamos hartos de tantas promesas tuyas incumplidas. Llevamos ya tres años  escuchando la misma cantinela sobre un tesoro escondido y no nos dices dónde está ese tesoro. Lo hemos dejado todo y te hemos seguido, ¿qué recompensa vamos a tener? Pero aclárate de una vez porque el grupo se amotina…

Y Jesús, que había escuchado pacientemente, con la seguridad de siempre y con “mucho morro”, la verdad sea dicha, le soltó al cabezota de Pedro:

  • ¡Es que no te enteras, Pedro! ¡Mira que eres duro de mollera! ¿No me tienes a mí? ¿No te basto yo? ¿Para qué quieres más? Escúchame bien: te prometo la vida eterna más tarde, y ahora, injurias, hambre, críticas y el martirio ¡O lo tomas o lo dejas, porque no hay otro tesoro! Y si no estás contento, te vuelves con tu familia y te dedicas a remendar las redes, que a mí ya no me sirves como pescador de hombres.

¡Uf, qué fuerte! Esta es la versión por libre, de aquel encuentro. También yo en más de una ocasión he pedido cuentas al Maestro, y Él me responde:

  • Tú calla y sígueme.

Me olvidaré de mis aspiraciones a pastor protestante y me quedaré como misionero redentorista. Seguiré rompiendo botas por esos caminos embarrados de Dios. Me olvidaré del “tremendo carrazo” del pastor evangélico y de los billetes morados, sabiendo que no me faltarán camisetas horteras, ni calcetines negros. Y siempre podré agarrarme fuerte  a mi cruz misionera, que llevo al cuello, y a mi virgen del Perpetuo Socorro. Y tú ¿qué dices?

P. Arsenio Díez .

Equipo misionero Cesplam en Honduras 2012

Misión Villanueva - Misión diocesana 2006