El
día 2 de Marzo los misioneros nos pusimos en camino desde Granada
hacia Almería. Íbamos los padres José Luis Marra,
Félix Gutiérrez y yo, Javier. Llegamos a un lugar llamado
Carboneras. Después de las montañas desérticas
de Almería apareció radiante la mar de Carboneras. Con
sus casas bajas y blancas coronada por su iglesia.
Carboneras es un pueblo pesquero, industrial: tiene una fábrica
de cementos y ENDESA con su chimenea de la térmica, y obrero,
no podía faltar la construcción. Es un pueblo joven por
su población, tiene tres colegios y el instituto para sus 6.543
habitantes.
Su sacerdote es D. Antonio Mata, joven, risueño y entusiasta
que ya era un viejo conocido de los misioneros pues era su segunda misión
con nosotros, la anterior misión fue en Adra. El domingo se nos
añadió un nuevo misionero laico, José Luis, el
médico, pues acaba de aprobar el MIR y quería compartir
con los jóvenes las vivencias misioneras que había tenido
en los grupos juveniles de Granada.
Se organizaron 17 asambleas familiares llenas de entusiasmo y animación
aunque algunas no fueron muy nutridas pues escaseaban en zonas nuevas
del pueblo. Las asambleas son la punta de lanza para llevar a los nuevos
pobladores la evangelización. Fuimos a todas las escuelas y el
médico en el instituto, a base de debates, cambió el ambiente
hostil del principio en un ambiente positivo de saludos y amistad.
La segunda semana de misión fue bien participada en los diversos
actos y celebraciones de la misión. El ambiente de las celebraciones
y de los grupos fue muy entrañable y participativo. Para mí,
lo mejor, los jóvenes que se entusiasmaron con los misioneros:
José Luis y Pedro López.
La guinda del pastel fue el rosario de la aurora, donde rezamos por
la gente del mar a su Virgen del Carmen con las coplas marineras. Todavía
estaba reciente el naufragio donde tres pescadores perecieron en la
playa de los muertos y se salvó un senegalés. Este participó
en las asambleas junto con otros ocho morenos y estuvieron hasta en
la celebración de asambleas, aunque solo uno era cristiano, los
otros eran musulmanes.
Nos hemos sentido queridos sobretodo por Antonio, el sacerdote, y por
toda la parroquia. Su cariño y sencillez ha quedado grabada en
cada uno de nosotros. El día 18, después de la emotiva
celebración de despedida que presidió el vicario general
de la diócesis, partimos para una nueva misión.
P. Javier Recio. CSsR