MISIÓN COFRADE EN MÉRIDA
(Badajoz)

El emperador Octavio Augusto, hacia el año 25 a.C., ordena a Publio Carisio asentar a los soldados veteranos de varias legiones para que descansen en la que será la capital de Lusitania Emérita Augusta, actual Mérida, junto al río Guadiana. Visitar la ciudad es encontrarse con múltiples restos arqueológicos que testimonian la grandeza de lo que fue, en aquél entonces, la ciudad. En el s. VI, con el obispo Masona, el cristianismo se enraíza y crece en torno a la especial devoción de Santa Eulalia mártir, patrona de la ciudad.

El 11 de marzo llegamos a esta ciudad emeritense un grupo de misioneros redentoristas para celebrar la Misión Cofrade con las nueve cofradías existentes en ocho de las parroquias que conforman el Arciprestazgo de Mérida.

Las Cofradías de Semana Santa son, desde sus orígenes, la más viva expresión de la religiosidad popular. En la actualidad muchas personas en toda España están adscritas a una cofradía a cuyos titulares tienen una particular devoción y cariño.

El Cesplam, sensible a la religiosidad popular de las Cofradías, del pueblo cristiano en general y guiado por el dinamismo misionero que le caracteriza, que  heredó de San Alfonso, Fundador de los Misioneros Redentoristas, ha contacto con ellas en diversas poblaciones. En la actualidad tenemos un proyecto de Misión Cofrade, de dos semanas de duración. La primera semana centrada en las Tertulias cofrades (reuniones en casas de los cofrades para dialogar con hermanos cofrades y vecinos sobre diferentes temas). La segunda semana, de Celebraciones de Misión, correspondientes al Quinario que cada Cofradía celebra antes de Semana Santa.

Las treinta y ocho Tertulias repartidas por las diversas parroquias nos permitieron recorrer la ciudad en todas direcciones para encontrarnos en diálogo fraterno, debatir temas de interés para todos y aclarar dudas. Así mismo, la visita a los enfermos y a las personas mayores que ya no salen de casa, ha sido otro encuentro muy importante. Porque nos acercó al mundo del dolor, de la soledad de muchos enfermos y a la generosidad de tantas personas que dedican lo mejor de sí mismas a cuidarlos. Esta experiencia enriquece, humaniza y te plantea muchos interrogantes.

Otro momento importante de la Misión fueron las celebraciones de la Misión. Cada noche en las parroquias en las que hay una cofradía, tuvimos cinco celebraciones con símbolos. La finalidad de los símbolos es doble: por una parte nos permiten interiorizar mejor el mensaje de la celebración. Por otra nos hacen partícipes de la celebración, no meros asistentes. La celebración inaugural de la misión la tuvimos en la Basílica de Santa Eulalia, presidida por D. Antonio Becerra, vicario episcopal de Mérida. La celebración de las Tertulias, en la misma Basílica, la presidió el arcipreste D. Emilio Sánchez. La celebración final tuvo lugar en la Concatedral de Santa María, presidida por el arzobispo Don Santiago García Aracil. A estas tres celebraciones asistimos los sacerdotes-consiliarios de las diversas cofradías y los misioneros.

Todas las cofradías tienen un número muy elevado de cofrades. Nos hubiera gustado ver más cofrades y más cristianos no cofrades en los actos de la misión. Toda oportunidad perdida produce un sabor agridulce. Esto nos invita a la reflexión. Pretender que asistan todos o la mayoría es mera ilusión. Quedarnos cruzados de brazos tampoco. La religiosidad popular, sea o no de las Cofradías, necesita ser evangelizada. “La Iglesia existe para evangelizar”, afirma el Concilio V. II. Hay muchos cofrades de buena fe que adolecen de una formación seria y de un compromiso cristiano. Hacerles entrar en un proceso de formación en la fe que les capacite “para dar respuesta a quienes les pidan explicaciones” de por qué y para qué sacan las imágenes a la calle, es reto para párrocos-consiliarios de las Cofradías, también para nosotros misioneros. Ojalá acertemos en el empeño.

Gracias a los que asistieron, a quienes hicieron posible que se celebrara la Misión cofrade, a quienes nos acogieron en sus casas o nos sentaron a su mesa. También a nuestros hermanos redentoristas. Su colaboración y apoyo en todo momento  no lo olvidamos.

Ponemos en manos del “dueño de la mies” la semilla sembrada. Acudimos a la Madre misionera, que acompañó a Jesús y a los apóstoles, para que camine junto a quienes han participado con interés en los actos de misión. Y, como no, estamos seguros de intercesión de la Patrona de Mérida, Santa Eulalia, para que todos crezcamos en la fe y en el compromiso cristiano en esta sociedad acelerada que nos ha tocado vivir.

Juan Antonio González Terrón
CSsR