MISIÓN EN PEAL DE BECERRO (Jaén)


"Un perro católico"

Cada vez que tengo que escribir una página de misión, me planteo cómo presentar algo novedoso y atractivo sin quedarme en la fecha, el lugar y los participantes, datos fríos que no expresan todo lo que en sí encierra la misión. Esta vez he decidido hacerlo otra manera distinta. Veremos qué sale. Se refiere esta crónica a la misión predicada en Peal de Becerro, pueblo perdido en el mar de los olivos, de la provincia de Jaén.

Era la tarde del 10 de Noviembre, ya del año pasado,  cuando hicimos nuestra entrada, como siempre llena de incertidumbre y preocupación,   en el pueblo mencionado, los PP. Miguel, Félix y Arsenio. Y también, discretamente, entramos en el templo donde, para sorpresa nuestra había ya un grupo numeroso de personas rezando ante el Santísimo y ante el cuadro de la Virgen del Perpetuo Socorro que habían rescatado del olvido y del polvo. Los misioneros nos miramos extrañados y contentos al mismo tiempo: ¡venimos a anunciar  a Jesús, pero ya la Madre nos está esperando! Esta fue la primera, que no la única, de las sorpresas

La sorpresa fue en aumento, porque el templo se llenó de gente, cosa poco habitual en estos tiempos que corren y  más en esta primera celebración de acogida. Allí estaban, con la sonrisa ancha, hombres y mujeres de mediana edad y no sólo las abuelas de siempre. Esto de ver tanta gente el primer día me mosqueó un poco, porque no es posible una misión donde tarde o temprano no aparezcan  dificultades.

Y vamos con la tercera: la misa del domingo, también repleta de niños y de  padres jóvenes. La misa fue una fiesta, a la vez profunda y divertida a mismo tiempo. Las celebraciones con símbolos, siempre aciertan entre la gente menuda. Y así, en esta línea de participación continuó el resto de la semana. Los niños y los jóvenes fueron atendidos en los salones parroquiales y en las aulas de los colegios. Y tanto  catequistas como maestros hicieron una admirable labor misionera. Conseguimos acercarnos al corazón de los jóvenes, poniendo en práctica el principio de no sé quien: “si la montaña no viene a Mahoma, Mahoma irá a la montaña”

Llegamos a la cuarta sorpresa, que se refiere, como no podía ser de otra manera, a las asambleas familiares. Los 26 grupos que se reunían cada noche, estaban muy concurridos. Algunos de 7 y otros de 40 personas y como es habitual fueron aumentando en calidad y en cantidad. Las asambleas familiares es lo que más asusta, pero lo más gratificante y lo que permanece durante años

Vamos por la quinta sorpresa ¿Adivinan ustedes  de qué se trata? Del  señor cura, eso es. Don Agustín, que así se llama, tiene pocos años  como párroco pero mucho entusiasmo y espíritu misionero No necesita que alguien lo empuje, sólo sugerencias y propuestas y ¡zas, hecho! Él es  el primero en todo, como nuestro Señor. El primero en ponerse en marcha. Toda la misión estuvo a nuestro lado, participando, dando ideas y resolviendo dificultades. ¡Qué párroco, madre, qué párroco! Y ¡qué obispo, o qué papa, cuando llegue el momento!

Y ahora, la guinda de la tarta, que se refiere a los laicos. Seguramente el gran acierto de este modelo nuestro de misión es que convertimos a los laicos en misioneros. Mejor aún: que toda la parroquia se vuelve misionera. Los que visitan las  casas anunciando la misión, son misioneros. Los que abren sus hogares para las asambleas, también misioneros y los animadores de esas asambleas, mucho más.  Los testimonios son elocuentes:

  • Un dueño de hogar: “por una vez en mi vida he visto que ha sido la Iglesia la que ha dado el primer paso. Todos los vecinos de mi calle han estado de misión. No se hablaba de otra cosa”
  • Una animadora, madre de familia: “Ando medio loca desde que vinieron los misioneros.  En una hora he hecho la comida y la cena de mañana. Vivo “acelerá”, pero tengo tiempo “pa to.”
  • Otra, de cierta edad: “Llevo dos días con descomposición. Estoy tan nerviosa como el día que me casé. No me creía que yo pudiera dirigir una asamblea. Pero estoy orgullosa de mí. Es lo más bonito que he vivido  dentro de la parroquia desde  mi primera comunión”.

Espero, que no se estén aburriendo con esta extraña crónica de misión. Pero tengan paciencia y sigan leyendo que aún falta la conclusión, más extraña todavía. Porque, queridos amigos, falta el perro. Si, sí, el perro. Claro que  se trata de un perro católico, con lo cual nos quitamos de encima toda posible irreverencia. Transcribo esta última parte tal como la redacté entonces:

“En esta misión tenemos de todo; hasta perro tenemos.  Es un perro católico a todas luces, porque no se pierde ni la misa de la mañana, ni la celebración de la noche. Es un perro sin amo que lo apalee o niño que lo acaricie. Es un perro callejero. Mueve el rabo ante todo bicho viviente que pasa por su lado, sea hombre o mujer, joven o viejo. Si alguien lo mira, se anima y se va con él. Pero como nadie le hace el menor caso, se refugia en la iglesia. Al primer toque de campana se pone en marcha y con la primera abuela que empuja la puerta se cuela en el templo. Y allí hace sus propias oraciones, digo yo, y su  recorrido particular por  los pasillos. Eso sí,  no hace ruido, ni da un ladrido más alto que otro;  parece que está en la procesión del silencio. Sin embargo, no presta mucha atención a la “prédica” del misionero, pues continuamente menea el rabo en clara señal de desaprobación.  Pero bueno, al menos no se duerme, como hacen muchos de los parroquianos.  Y tampoco le deben de agradar las misas largas, ya que al cuarto de hora, se le nota inquieto y nada más que termina la misa escapa, como alma que lleva el diablo, para refugiarse en la calle. A favor suyo hay que apuntar que no se perdió la celebración penitencial ni la de clausura. Allí estaba él, ¡pobre animalico!, en la despedida final, más triste que nunca.

Pienso, a la luz de este relato, que aunque muy de refilón el misionero y el perro se rozan un poco. El misionero llega a un pueblo, que no es el suyo, un poco asustado. Recorre sus calles, un día y otro, saludando a quien no conoce;  toca a mil puertas, que no se abren; sonríe siempre, aunque llore por dentro; hace su tarea lo mejor que sabe y dice adiós. A las pocas semanas se cubre con el polvo del olvido… Hoy me han dicho: “Vives mejor que Dios”. Yo me he tragado mi rabia con el primer sorbo de café, he esbozado una mueca, más que una sonrisa, y he respondido: “Vivo gracias a Dios”. Después, el dueño del bar, avergonzado, no me ha querido cobrar el café. Y me he vuelto a perder entre las calles del pueblo buscando la casa de un abuelo que desea recibir al Señor. Y mira por donde me he dado de bruces con el perro católico. Me ha reconocido, sin duda, porque ha movido el rabo con especial entusiasmo. Pero ni él ha ladrado ni yo lo he acariciado. Lástima que no haya querido posar para nuestra revista. Se van a quedar sin conocerlo. Pero a cambio, ahí tienen una bonita estampa de  todos esos fieles que se reunieron para celebrar el nombre de la Virgen, que para nosotros se llama del Perpetuo Socorro, la Virgen  misionera”.

Y de esta manera, doy por concluida esta reseña de misión el 17 de Enero, día de san Antón, patrón de los animales.

P. Arsenio Díez

PS. Se me olvidaba un dato muy interesante.   Los párrocos de  Carzorla, Santo Tomé y Peal, han decido aprovechar las, casi cien, asambleas familiares para iniciar una especie de pastoral de conjunto en la línea de formación de adultos. Buena noticia, sí señor.