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Cada vez que tengo que escribir una página de misión, me planteo cómo presentar algo novedoso y atractivo sin quedarme en la fecha, el lugar y los participantes, datos fríos que no expresan todo lo que en sí encierra la misión. Esta vez he decidido hacerlo otra manera distinta. Veremos qué sale. Se refiere esta crónica a la misión predicada en Peal de Becerro, pueblo perdido en el mar de los olivos, de la provincia de Jaén.
La sorpresa fue en aumento, porque el templo se llenó de gente, cosa poco habitual en estos tiempos que corren y más en esta primera celebración de acogida. Allí estaban, con la sonrisa ancha, hombres y mujeres de mediana edad y no sólo las abuelas de siempre. Esto de ver tanta gente el primer día me mosqueó un poco, porque no es posible una misión donde tarde o temprano no aparezcan dificultades. Y vamos con la tercera: la misa del domingo, también repleta de niños y de padres jóvenes. La misa fue una fiesta, a la vez profunda y divertida a mismo tiempo. Las celebraciones con símbolos, siempre aciertan entre la gente menuda. Y así, en esta línea de participación continuó el resto de la semana. Los niños y los jóvenes fueron atendidos en los salones parroquiales y en las aulas de los colegios. Y tanto catequistas como maestros hicieron una admirable labor misionera. Conseguimos acercarnos al corazón de los jóvenes, poniendo en práctica el principio de no sé quien: “si la montaña no viene a Mahoma, Mahoma irá a la montaña” Llegamos a la cuarta sorpresa, que se refiere, como no podía ser de otra manera, a las asambleas familiares. Los 26 grupos que se reunían cada noche, estaban muy concurridos. Algunos de 7 y otros de 40 personas y como es habitual fueron aumentando en calidad y en cantidad. Las asambleas familiares es lo que más asusta, pero lo más gratificante y lo que permanece durante años Vamos por la quinta sorpresa ¿Adivinan ustedes de qué se trata? Del señor cura, eso es. Don Agustín, que así se llama, tiene pocos años como párroco pero mucho entusiasmo y espíritu misionero No necesita que alguien lo empuje, sólo sugerencias y propuestas y ¡zas, hecho! Él es el primero en todo, como nuestro Señor. El primero en ponerse en marcha. Toda la misión estuvo a nuestro lado, participando, dando ideas y resolviendo dificultades. ¡Qué párroco, madre, qué párroco! Y ¡qué obispo, o qué papa, cuando llegue el momento! Y ahora, la guinda de la tarta, que se refiere a los laicos. Seguramente el gran acierto de este modelo nuestro de misión es que convertimos a los laicos en misioneros. Mejor aún: que toda la parroquia se vuelve misionera. Los que visitan las casas anunciando la misión, son misioneros. Los que abren sus hogares para las asambleas, también misioneros y los animadores de esas asambleas, mucho más. Los testimonios son elocuentes:
Espero, que no se estén aburriendo con esta extraña crónica de misión. Pero tengan paciencia y sigan leyendo que aún falta la conclusión, más extraña todavía. Porque, queridos amigos, falta el perro. Si, sí, el perro. Claro que se trata de un perro católico, con lo cual nos quitamos de encima toda posible irreverencia. Transcribo esta última parte tal como la redacté entonces: “En esta misión tenemos de todo; hasta perro tenemos. Es un perro católico a todas luces, porque no se pierde ni la misa de la mañana, ni la celebración de la noche. Es un perro sin amo que lo apalee o niño que lo acaricie. Es un perro callejero. Mueve el rabo ante todo bicho viviente que pasa por su lado, sea hombre o mujer, joven o viejo. Si alguien lo mira, se anima y se va con él. Pero como nadie le hace el menor caso, se refugia en la iglesia. Al primer toque de campana se pone en marcha y con la primera abuela que empuja la puerta se cuela en el templo. Y allí hace sus propias oraciones, digo yo, y su recorrido particular por los pasillos. Eso sí, no hace ruido, ni da un ladrido más alto que otro; parece que está en la procesión del silencio. Sin embargo, no presta mucha atención a la “prédica” del misionero, pues continuamente menea el rabo en clara señal de desaprobación. Pero bueno, al menos no se duerme, como hacen muchos de los parroquianos. Y tampoco le deben de agradar las misas largas, ya que al cuarto de hora, se le nota inquieto y nada más que termina la misa escapa, como alma que lleva el diablo, para refugiarse en la calle. A favor suyo hay que apuntar que no se perdió la celebración penitencial ni la de clausura. Allí estaba él, ¡pobre animalico!, en la despedida final, más triste que nunca.
Y de esta manera, doy por concluida esta reseña de misión el 17 de Enero, día de san Antón, patrón de los animales.
PS. Se me olvidaba un dato muy interesante. Los párrocos de Carzorla, Santo Tomé y Peal, han decido aprovechar las, casi cien, asambleas familiares para iniciar una especie de pastoral de conjunto en la línea de formación de adultos. Buena noticia, sí señor.
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