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MISIÓN EN ZARANDONA (Murcia)

(25 de octubre - 10 de noviembre de 2012)
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Si alguna vez habéis atravesado o circunvalado Murcia, recordaréis la imagen del Corazón  de Jesús, que con sus brazos abiertos, cuida y protege la huerta murciana. A sus pies, está la pedanía de Zarandona, perteneciente al Ayuntamiento de Murcia. Nacida de casas levantadas en la maraña formada por los  caminos de la huerta, en torno a una ermita dedicada por los sederos a San Félix de Cantalicio. Poco a poco, aquel pequeño núcleo de huertanos, que compaginaban su trabajo de cultivo de la tierra con la crianza de gusanos de seda, ha ido creciendo; en la actualidad la población es prácticamente un barrio de Murcia, de unos 8000 habitantes. Y si bien la dedicación de la gente es diversa, destacan los talleres de confección de vestidos de novia, por lo que es conocido como “el pueblo de las novias”.

Después de un tiempo de preparación, llegamos allí los dos misioneros, Juan Bautista Jáñez y Antonio Manuel Quesada. Se nos ofreció una calurosa acogida, que se ha prolongado a lo largo de los 17 días de misión. Las personas que componen el tejido social de la parroquia son sencillos, con un corazón grande y con profundo sentido religioso de la vida. Al frente de la comunidad parroquial, su párroco D. Francisco Rubio, quien ya había conocido las misiones redentoristas; junto a él, animaba la vida religiosa de Zarandona una comunidad de Religiosas Reparadoras, que se han volcado totalmente a la misión; y no menos motivadores han sido los versos y oraciones de D. Francisco Aroca, un sacerdote poeta, que vive en el término parroquial de la que fue su parroquia durante 40 años.

A pesar de una acogida tan excepcional, la comunidad parroquial mantenía cierta distancia de escepticismo, miedo y reserva hacia la misión; no veían las cosas con optimismo; les costó mucho las visitas a los domicilios. Sin embargo el párroco creyó que sería un impulso revitalizador para la parroquia, y fue animando a las personas; junto con él, otras personas intentaron no dejarse llevar de esas dudas y se implicaron anunciando la misión.

El resultado fue que durante los 3 primeros días de misión, se consiguieron hasta 14 asambleas, que han funcionado con un alto nivel de participación y con una media de edad muy buena; de destacar aquellas que funcionaron hasta altas horas; si algo hubo significativo en ellas, ha sido la pluralidad, la viveza del diálogo y el entusiasmo que se fue contagiando a lo largo de los días: cada tarde iba creciendo en el corazón de esa comunidad parroquial un gozo especial por el encuentro entre vecinos, por el diálogo, y por el descubrir que la fe oculta, como el agua subterránea de la huerta, iba aflorando a superficie en cada una de las reuniones.

La celebración de “La Parroquia, Asamblea de asambleas” fue expresión de lo vivido; los símbolos fueron creativos y expresaron el diálogo mantenido: desde relojes que ofrecían el tiempo; la misma mesa camilla de la reunión; el tapete de la mesa, testigo del diálogo fraterno; un árbol donde estaban integrados las fotografías de cada familia que se sentían cobijadas a la sombra de la asamblea; nudos atados a un único nudo enterrado en tierra, que representa la unión en Cristo; o un metro como símbolo de la distancia entre unos y otros, que fueron cajeados por un litro de leche.

La segunda semana continuamos compartiendo la fe en las celebraciones misioneras, que, aunque menos nutridas que la de las asambleas, también tuvo un número de participantes y no fue menos la vida compartida. Paralelo se atendieron a los niños, bien en el colegio, bien a través de la catequesis o la Eucaristía de niños; siendo este uno de los sectores más grandes por su número, de la parroquia. Otro sector significativo fue el de los matrimonios, por existir un grupo de matrimonios de mediana edad integrados en la parroquia a través de las 3 cofradías que en ella funcionan (La Cofradía del Santo Cristo, la de San Félix y la de la Purísima); con estos se tuvieron las reuniones después de las celebraciones misionales. Para que la acción misionera llegase a más número de personas se invitó a las madres de niños de catequesis, en reuniones paralelas a la catequesis; y aunque el número fue menor, se tuvieron dos reuniones con ellas. También se tuvo reuniones durante las mañanas con los ancianos, que culminaron  el viernes  con la celebración del Sacramento de la Santa Unción, recibido por una treintena de personas. Se visitaron a los enfermos, donde fuimos acompañados los misioneros por las personas que habitualmente componen la pastoral de la salud. Con los adolescentes nos reunimos en los grupos de poscomunión y confirmación, y a través de ellos preparamos los símbolos de las Eucaristías dominicales. El trabajo con los jóvenes nos resultó más complicado, pues no hay ninguna estructura que facilite el trabajo. Se accedió a un pequeño grupo, hijos de los matrimonios más implicados en la vida de la parroquia; con alguno se contactó durante la comida en su casa; otros acudieron desde la invitación hecha en los grupos de confirmación, y aunque fueron pocos los que respondieron a la invitación, se sintieron motivados para crear un grupo de jóvenes con aquellos que se van a confirmar el 14 de diciembre próximo.

Con todo esto, la celebración de clausura resultó preciosa, con la presencia de todas esas caras de niños, adolescentes, jóvenes, adultos, matrimonios y ancianos con los que habíamos compartido la fe; la guinda fue el mimo del payaso, que representaron los jóvenes, con el cual quisieron poner un toque propio a la celebración parroquial.
No podemos pasar por alto la acogida de nuestras hermanas, las Oblatas de Murcia; fraternalmente me acogieron durante los días que estuve a comienzos de octubre preparando la Misión; compartieron con los dos misioneros la celebración comunitaria del Santísimo Redentor; han estado orando por el desarrollo de la Misión; y se han preocupado por la vida de estos dos misioneros. Gracias de corazón.

Y ahora, después de la siembra, manteniendo nuestra oración, esperamos que la semilla esparcida comience a crecer para que de frutos.

P. Antonio M. Quesada. CSsR