≡ ÓSCAR; EL DE HAITÍ ≡
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Hoy ha sido un día intenso en la capital de la República Dominicana. Un día de esos que no pasan a la historia, pero en los que sucede algo, algo inesperado, que te marca y recuerdas el resto de tus días. Usted, que lee estas letras, lo olvidará, pero yo lo llevaré pegadito a mí, como llevo mi sombra. Ya verán
Llegué de la montaña, de una parroquia que tienen los redentoristas a doscientos kilómetros de la capital. Toda la mañana de bus y toda la tarde de charla ¡Qué rollazo les he metido! ¡Qué rollazo! Pero estos redentoristas, con más paciencia que le santo Job, han aguantado sin rechistar. Y antes de la misa he charlado con un joven postulante redentorista. Oscar se llama el futuro misionero, que ya debe rondar los veinticinco y es de Haití. Venía con timidez, así como esos perritos que se acercan, mueven la cola y se alejan, pero enseguida vuelven porque están necesitados de pan y de cariño. Así él:
- No deseo causarle molestia… ¿Tiene usted un tiempito para escucharme?
Me temí una pregunta sobre mi vocación, de esas que necesitan una hora de respuesta para que el que escucha salga aturdido y no se entere de nada, pero no fue así:
- Me he atrevido a escribir una carta por si en España encuentra usted una persona que quiera apadrinarme. Usted disculpe…
Y acto seguido, con mucha calma y humildad me dijo que no sabía qué hacer; que no tenía para comprar ni las cosas de aseo; que no veía a su mamá desde hacía dos años; que tenía siete hermanos, que su familia no le podía ayudar económicamente; que cuando los demás compañeros se iban de vacaciones él no tenía donde ir y que pasaba las semanas “rebotando” de casa en casa de sus amigos; que no sabía si dejar los redentoristas…
- ¿Pero tú quieres ser misionero?, le pregunté.
- Sí padre, quiero ser misionero, respondió muy convencido. Pero no tengo para pagar lo que me piden. Me piden poco, pero yo no tengo nada. Ya gasté todo lo que tenía ahorrado. Mis compañeros se dan cuenta y a veces me regalan una pastilla de jabón o pasta para los dientes…
Y así siguió por lo bajo, con los ojos en el suelo contando su triste historia, desde el presente hacia atrás. No llora, soy yo el que, con disimulo, se limpia la nariz. Él habla despacio y entrecortado, dejando tiempo para que yo lo asimile
- Dos años llevo con los redentoristas. Yo antes trabajaba en la construcción y arreglaba el aire acondicionado. Llevo trabajando desde los siete años… Sí, padre, a los seis crucé la frontera. Éramos veintisiete personas en el grupo. Mi mamá cargaba con mi hermanita de un año. Y cuando ella se cansaba la cargaba yo… Caminábamos de noche porque de día nos disparaba el ejército… Y nos quedamos sin comida y sin agua. Sólo nos quedaba un poco de harina. Se nos acabó el agua. Duramos veinticuatro horas caminando y sin agua. Cuando yo tenía sed, yo orinaba y luego me lo bebía… Pero encontramos naranjas agrias y eso nos salvó… Y así cruzamos la frontera…
Él no me cuenta, pero yo me entero después, que su mamá se volvió a Haití y lo dejó, suena fuerte decir que lo abandonó, en una hacienda. Sé que dormía encima de unas pajas y que trabajaba por la comida:
- Mi mamá se separó de mí y desde los seis años tuve que trabajar “desyerbando” en una loma, cuidando ganado y arrancando habichuelas… Lloraba por las noches porque no tenía a mi mamá y porque tenía hambre… Pero sobreviví honradamente y nunca cometí robos. Limpiaba donde me acogieron y cocinaba a cambio de un plato de comida y un rincón donde dormir…
Cada vez que habla descorre otra parte del telón de su historia, igual de dramática que la anterior. Una historia inimaginable para un niño:
- Yo quería estudiar pero no me aceptaban en la escuela porque era ilegal. Buscaba libros y escritos en la basura y escribía y dibujaba las letras. Después iba a la pared de la escuela y por un agujero miraba lo que el maestro escribía en la pizarra y yo lo escribía también. Cuando veía al maestro le preguntaba: “maestro, ¿ya puedo ir a estudiar con usted?” Pero no me dejaba porque yo era de Haití y no tenía acta de nacimiento. Pero al ver mi interés me admitió. Yo me sentí muy feliz…
Y así sigue desgranado los días y los meses de su escalofriante historia. No levanta los ojos del suelo, con lo cual yo me fijo sin disimulo en su piel morena y en su expresión pacífica. Y me digo que será un maravilloso misionero, que hablará de la grandeza de Dios a su gente pobre, con el lenguaje de los pobres, lo mismo que Jesús. Y los pobres lo entenderán y se sentirán bienaventurados. Después da un gran salto en su relato y me dice que sabe poner ladrillos y arreglar electrodomésticos, que ese era su trabajo antes de su querer ser misionero. También me dice que fue catequista y animador de pastoral juvenil. Pero lo más gratificante fue la misión en su parroquia:
- Colaboré con los misioneros redentoristas y descubrí mi vocación
Oscar, va silenciando las palabras y se pone a dibujar con el pié en el suelo. No me pide nada, sólo sugiere: “si usted encontrase a alguien en España que me apoye para poder ser misionero…” Le digo que lo tendré muy en cuenta y que me acompañe y me enseñe donde puedo comprar un peine. Me lleva a un gran almacén, es un decir, y le fuerzo a que me diga lo que necesita:
- Tal vez, unos “jim”, tal vez ropa interior, tal vez cosas de aseo…
Él escoge lo más barato y eso hace que yo me sienta molesto porque me acuerdo que mi ropa es de marca y ya no me cabe en el armario. A saber: siete pantalones sin estrenar, siete camisas, siete pares de calcetines, siete… Y me da vergüenza. Y ahora soy yo el que baja los ojos y aparta la mirada. Después de las compras me tocó decir unas palabras en la eucaristía. Les hablé a los redentoristas y les dije que el amor cristiano era apasionado, gratuito y solidario y que se hacía realidad y vida en el necesitado. Y de nuevo me sentí mal, y se me revolvió el estómago, porque allí estaba Oscar escuchando y mirándome a los ojos.
Mientras termino de escribir estas letras, me entero del terremoto que ha asolado Haití, donde nació Oscar. Si antes era el país más pobre de América ahora es el país más pobre y con más muertos. La carta que tengo delante, la firma Oscar y finaliza así: “Te ruego, Señor Jesús, que bendigas a todos mis amigos, pero de una manera especial a la persona que está leyendo este texto”
Yo también hago un ruego: una oración por Oscar y por los misioneros redentoristas, para que seamos fieles al Evangelio. Mil gracias.
P. Arsenio. CSsR

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