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UN DÍA DE MISIÓN
por Arsenio Díez, CSsR
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Tuve que aguardar bajo la lluvia y encima del barro, a que llegara Asunción. Si dijese Asunciona, sería mujer, pero digo Asunción, que así se llama el catequista que me debe acompañar hasta el caserío, que está a dos horas de marcha desde el punto de encuentro. El punto de encuentro siempre es el barro. Asunción, para congraciarse conmigo por su tardanza no para de hablar y de preguntar lo que ya sabe. Yo respondo con monosílabos, porque me niego a entrar en este diálogo de besugos y porque bastante tengo con mantenerme en pie sobre el chocolate del camino. Respondo con monosílabos:

- Y usted, padrecito ¿también tiene padres?
- Mmm, digo, para no soltarle una fresca.
- Y usted, padrecito ¿es de España?
- ¡Mmm!, porque con la cuestecita ya no puedo ni resollar.
- ¿De la misma España?
- ¡Sí, de la misma España! Digo con cierta brusquedad para que se calle y me deje respirar.

Habrán descubierto ya lo “lince” que es Asunción, catequista de San Lorenzo, cuatro casas dispersas en un valle precioso y no contaminado. De catequista parece tener sólo en nombre, pues va sucio y con barba desarreglada de tres semanas, pero después descubro que tiene grandes dotes de convocatoria. Camina delante de mí y me fijo que sus botas de goma están rotas y que “pa más INRI” le ha abandonado el desodorante. Ya no habla. Sólo al llegar a su casucha de tablas y calaminas de cinc, suelta un agudo grito:

- ¡Clemenciaaaa!

Y ahí, no más, me doy de bruces con la Clemencia, desgreñada, pero amable, que sin decir ni pío me tiende la mano. Luego aparece la que debe ser su hija mayor, también Clemencia y un niño desnutrido, descalzo y sucio. Cuando yo recupero el aliento y quiero decir “hola”. Ya no hay nadie más que Asunción:

- Pase, padrecito. Pase a almorzar.

Yo, debo aceptar, temiéndome lo peor: una montaña de arroz, con papas y yuca, y encima un cuy “tostao y espatarrao”. Bendigo la mesa y comienzan todos a comer. Cada uno busca un rincón en la chocita que hace de cocina, de almacén de papas, de gallinero, de criadero de cuyes y de sala de estar. Unas piedras hacen de asiento. A mí me toca mesa, lo cual agradezco. Pido un plato vacío:

- Con una papa tengo bastante… Con un trozo de yuca tengo bastante… Con una “palada” de arroz tengo bastante… Con una pata del cuy tengo bastante... Con un sorbo de agüita también tengo bastante…

Todo esto de una tacada, porque el cuy está duro hasta el alma y porque estoy harto de arroz. La doña de la casa, extrañada, abre la boca por primera vez:

- No come usted mucho, ¿diga?
- Es que los viernes me toca ayunar, como me manda la Santa Madre Iglesia.

A los pocos minutos saco la cámara y tomo fotos a todo bicho viviente. A la señora con su vitrocerámica de leña, a la hija con la gallina ponedora, al Asunción con su barba de tres semanas y al hijo pequeño con los restos del cuy en su plato de plástico, en el que también  comen los dos perritos que por allí merodean.

- Y a propósito, pregunto: ¿Este cuy estaba bautizado? ¿Se confesó antes de morir? ¿Era católico o protestante?

El Asunción me mira desconcertado y casi se atraganta, porque su teología de andar por casa no da para más. Pero la hija suelta una sonora y escandalosa carcajada. Después doy las gracias y nos vamos a la eucaristía. Cuando llegamos, la capilla ya está repleta de hombres, niños y jóvenes ¡Qué fenómeno tan raro y tan  atmosférico! Luego entran las mujeres.  La capilla es de madera y las tablas no ajustan bien. Se cuela la luz por las rendijas y adquiere un aire misterioso y fantasmal. Al comienzo de la misa, el catequista toma la palabra y me presenta, deshaciéndose en elogios y barbaridades:

- Queridos hermanos les presento al padrecito “Arseño”. Viene de la misma España a compartir con nosotros, y tiene padres. Le vamos a entender todos  porque habla muy bien el español. ¡Le recibimos  con un amoroso aplauso!

La misa fue muy amena y divertida. Ellos atentos a mis palabras y yo exagerando mucho para provocar su interés. Cantan continuamente con una cadencia lastimera, parecida al sonido de la zampoña: “Danos tu pan y tu palabra, guárdanos siempre en el amor…” Al terminar todos me dan la mano; los niños también.

- De repente otro año nos vemos, padrecito. No se olvide de traernos una campana de España. La necesitamos para convocar  a todos a la liturgia de la Palabra y para fastidiar a los protestantes, que nos odian bastante… ¡Su bendición, padrecito!
- ¡Que el Señor os bendiga y os cuide la barriga!

Ésta es la última tontería que digo mientras me meto en el barro y pienso en la ocurrencia de la campana y en el cuy que no se confesó antes de morir. ¡Pobre, descanse en paz!

P. Arsenio Díez. CSsR