YA NO TENGO MIEDO

He necesitado varios meses para releer, meditar y disfrutar de esta página, escrita con sangre, más que con tinta, y que “pone los  pelos de punta”; y eso que ya me quedan pocos. Tal vez me han impactado tanto, porque conozco al autor. Ustedes también lo van a conocer. Es ése que va vestido con túnica blanca, que hace de Jesús en el mimo, del último día de misión. Y ya no digo más porque  para entrar en la intimidad de una persona hay que hacerlo de puntillas, para no herir, y en silencio. Fíjense en las fotos y lean, por favor.

“Es difícil expresar con palabras lo que ha significado para mí estas misiones populares. Para que lo podáis entender tendría que remontarme muchos años atrás... Yo era un niño acomplejado y débil al que todos los demás niños pegaban y humillaban. Nací en el seno de una familia muy humilde, en un barrio humilde. Mi padre alcohólico y mi madre una mujer amargada, se encargaban de crear un ambiente en la casa que apenas se podía soportar. El miedo era la herramienta más utilizada para controlar a sietes críos que solo querían jugar. Mi padre murió con cuarenta y nueve años a causa del alcohol; yo casi no logro recordarlo sobrio. Tampoco recuerdo haber hablado jamás con él.

Mi primer encuentro con la Iglesia fue cuando empecé a prepararme para la primera comunión. Al igual que en el colegio, era el hazmerreír de todos los demás. Al fin llegó el día de recibir a cristo por primera vez, todos estaban allí, mis padres, mis hermanos, incluso familiares que jamás había visto, además de todos los compañeros. Ese día tenía que demostrar que podía hacer las cosas bien. Además, mi padre estaba sobrio, arreglado con un bonito traje gris. Hoy todos se sentirían orgullosos de mí.
Pero me pudo la presión y cuando estaba en el altar note cómo miles de ojos se clavaron en mí. El miedo me paralizo y cuando me di cuenta, justo allí, delante de todos, me oriné encima. Las risas comenzaron a sonar y yo no pude más que girarme para no ver a nadie. Mi padre me miro, pero no me dijo nada. A partir de este día se apoderó de  mí un miedo espantoso ha hacer el ridículo. Era superior a mí el leer o hacer cualquier otra cosa en público, mucho menos cuando se tuviera que hacer en la iglesia. Es lo que se llama quedar traumatizado para toda la vida…

Os preguntaréis por que os cuento esto. Pues bien, es necesario que conozcáis mi historia para que podáis comprender lo que han significado para mí las misiones populares. Si tuviese que explicarlo con pocas palabras diría que para mí han sido una segunda oportunidad. Llevaba tiempo intentando hacer frente a mis miedos, pero no terminaba de conseguirlo. Jesús, mi único amigo durante mucho tiempo, una vez más iba a poner en  mi camino personas que me iban a ayudar.
Comenzaron las misiones populares en todas las parroquias de Baza. Decidimos, mi mujer y yo, ser monitores de una de estas asambleas y compartir el trabajo en una Asamblea Familiar. Ella leía, ya que a mi aún me daba horror hacerlo en publico, y hacía de moderador y animaba a los demás miembros de la asamblea. Poco a poco me empecé a sentir cómodo. Los temas, de actualidad, nos invitaban sobre todo, a reflexionar y  al diálogo sobre la vida, y el sentido de la  existencia, la importancia del Evangelio para ser feliz, la familia…

Pasó la primera semana de misiones y en mi interior una fuerza extraña comenzó a crecer. Tenía más valor cada día que pasaba. La segunda semana las reuniones se realizaban en la iglesia. Me invitaron a participar en las celebraciones y acepté.  El primer día tuve que leer, subí al altar y allí estaba de nuevo, una vez más los ojos de los asistentes se clavaban en mí. Mi familia, mi nueva familia, estaba allí, y no podía fallar otra vez. Pero noté la fuerza del Señor dentro de mí y comencé a leer: no me faltaba el aire, y las letras estaban claras y no se movían… Al terminar, levanté la mirada y todo había cambiado. La gente me miraba y nadie se reía, sus miradas eran amables. De repente todo había acabado. Mi miedo había desaparecido. Me sentía vivo de nuevo, contento conmigo mismo. Me sentía feliz…

Por esto para mí las misiones populares han sido esenciales para reavivar mi fe y darme el valor que necesitaba. Valor para creer en mí y contar a todos que Jesús me quiere; valor para enfrentarme a todos mis miedos y fantasmas; valor para ser padre y sentirme orgulloso de serlo; valor para seguir caminando como cristiano en medio de una sociedad que no nos entiende… “

Con frecuencia pido a alguien, joven o mayor, que me escriba unas letras contando sus vivencias sobre la misión. Y suelen ser las mujeres las que aceptan, cuando aceptan. Y siempre, temerosas de quedar en ridículo. Pero ya ven, en esta ocasión ha sido un hombre el que nos hace partícipes de su vida interior; eso sí acompañado y apoyado por su mujer. Él es Manolo y ella Mati. Ellos me acogieron en su hogar, siendo yo un extraño, me dieron la bienvenida y las llaves de  la puerta, como signo de hospitalidad. Me ofrecieron techo, cariño y una cama para descansar.  Yo a cambio, comí todo lo que tenían en el frigorífico, les di las gracias y un papel para que escribieran estas vivencias, que ustedes acaban de leer.
Te doy de nuevo las gracias, Manolo, por tu valentía y tu sinceridad. Yo, de mayor, quiero ser como tú.

P. Arsenio Diez. Cssr